viernes, octubre 10, 2014

Adivina quién viene a cenar


El otoño es mi estación claramente por ser la menos antiestética. Uno deja de ver lorzas, no hace frío, la temperatura es suave, sopla el viento y llueve aclarando los restos de pseudo-felicidad veraniega. Y es que, si la dicha es obligatoria en España, este hecho irrisorio encuentra su escenificación más gráfica en verano, donde estar triste o tener problemas es sinónimo de mala educación. En el verano español, estar solo, sin pareja, sólo puede redimirse haciendo compulsivamente viajes a las antípodas, deportes de riesgo y estando buenísimo. ¡No hay mundo para los viajes que tienen que hacer los solteros españoles cada verano para no ser socialmente decapitados por no ser felicísimos e interesantísimos!. ¿Tener arrugas, carencias afectivas, materiales o barriga en el verano español? ¡Ni hablar de eso! La gente se divorcia al llegar el otoño.. hasta el #ébola ha esperado al otoño para infectarnos.

Sabed amiguitos, que pretender un gozo constante tiene un precio muy alto y si no que lo digan las profesoras de niños pequeños que tras jornadas interminables impostando una sonrisa de oreja a oreja y cantando villancicos van directas al psiquiatra en cuanto suena el timbre.
Hay un tiempo de llorar y un tiempo de reir, tiempo de lamentarse y tiempo de bailar… como podemos leer en el Eclesiastés, uno de los libros más lúcidos e instructivos que todos tenemos en casa. 

En otoño el objetivo más importante es salvar dignamente la siguiente contradicción: “Ser felices aceptando que la felicidad no existe”. Para ello uno de los primeros pasos consiste en la aceptación madura y honesta de los acontecimientos que no se pueden cambiar. Lo que alimenta el sufrimiento o la ansiedad es precisamente huir de ellos, rechazarlos, temerles. Al sufrimiento hay que abrirle la puerta de casa de par en par y recibirle con seguridad y un coctel, sin aspavientos, como anfitriones de mundo que somos. 

Definitivamente, lo peor que puedes hacer cuando la pena llama a tu puerta es fingir que no ha llegado, y si es potente y terca y se empeña en entrar, te dejarás la piel forcejeando con ella para impedirle el paso.

¡Abre inmediatamente! Os garantizo que sólo se quedará un rato y cuanto más franca y sexy sea la sonrisa con que la recibas menos tiempo permanecerá. 

Una vez que la pena se ha sentado a tu mesa el protocolo es sencillo: tenedor y plato del pan a la izquierda_con "p" de Podemos y así no se te olvida_, cuchillo con el filo hacia adentro a la derecha y bla bla bla… la clave es no identificarte jamás con sus lamentos; te diga lo que te diga, escucharás con impasibildad cortés, sin dejar de atender porque sería una grosería pero sin identificarte en ningún momento con su queja, sus reproches ni su tesis, sea cual sea, porque tú no eres ella. 

Isabel Pantoja se llevará las manos a la cabeza pero es como lo cuento: Tú no eres tu pena, como tampoco eres tu alegría, ni tu coche nuevo, ni tu bolso de Prada, ni tu hijo recién nacido, ni las tarjetas B de Bankia….

Tú eres un interesante y profundo mar en calma donde poco importa el oleaje del viento azotando la superficie. Comprender esto y aprehenderlo te liberará de sufrir y de paso, de todo aquello que haces para evitar sufrir, ¿qué se yo? comer, fumar, beber, comprar…da igual.
¡Deja de identificarte con el monstruo! Tú no eres él: escúchale, observa sus debilidades con curiosidad, con cariño y condescendencia, conversa desapasionadamente con él sin comprometerte en nada ni emitir el menor juicio… Todo en clave de cortesía, delicadeza, empatía, gratitud, paciencia, confianza, ternura y amor, pero no hacia él, hacia ti mismo.
Aquí os dejo, queridos amigos, estos sabios consejos otoñales y orientales ¡A ver qué hacéis con ellos esta temporada! En invierno ya sé que cogeréis el plumífero.

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