lunes, marzo 03, 2014

37

Mis mejores amigos, en su mayor parte,  no vinieron a mi fiesta de cumpleaños y lo agradezco, porque no cabían: unos porque han sido padres y están abunquerados con sus ilusionantes lactantes, a otros, el trabajo se los llevó esta semana de viaje, algunos tenían otros amigos aun mejores que cumplían años el mismo día; y los menos, porque ya no me hablan aunque yo les quiero mucho. Mi 37 cumpleaños ha sido especial, como una fiesta de actores secundarios, de esos que te encantan y que quieres frecuentar más pero no puedes en esta Madrid que es como Rusia: grande y cruel. Así, desfilaron por casa, amigos adyacentes, clientes, antiguos amigos y hasta recientes, pertrechados de flores, plantas_lo que más me gusta_y todo tipo de obsequios, a cual más curioso y bonito, vino y hielo.  ¡Qué bien!
A la mañana siguiente me desperté sola, salí de mi habitación y la casa estaba en silencio y perfecto orden, donde lo único perceptible era un lejano olor dulce y botánico. Lo había soñado todo (los 37 ceniceros desbordados por toda la casa, las 37 canciones a capela de Stephany, la nueva Etta James, la montaña de 37 abrigos sobre las camas vacías de mis 37 hijos….), pensé que yo misma no existía, y que estaba en la cúspide de otra montaña, ni siquiera tenía resaca….
Con respecto a los 37, aun no he notado ningún cambio pero pronto lo haré: “Trato a mi corazón como a un niño enfermo, todos sus deseos le son concedidos”_ esta romántica frase de Goethe es mi más sofisticada excusa para no ir al gym, ese horrible lugar al que he estado acudiendo con fidelidad católica cada día desde hace 37 años. Ese lugar que me aburre, como a las católicas el sermón, y que resignada visito, igual que ellas, pero que no elimino de mi agenda por temor, ellas a las llamas del infierno o a la llamada telefónica de sus impositores padres, y yo a la llamada de la vejez, es decir, a los glúteos o tríceps flácidos, que son como 37 infiernos….
El caso es que la vida se ha puesto fatigosa, al menos la mía, demasiados amigos, hijos, maridos, exceso de trabajo… como para andar haciendo esfuerzos con bajo retorno de inversión.  He perdido mucho tiempo en ese sitio con aspecto de paritorio-taller-de-lavado y ahora lo pierdo pensando si ir o no ir y la reflexión me produce una cómica gula de dulces y galletitas…jajajjajaja…Necesito una excusa fundada y racional que creerme para no volver. Si vas a mentir, habrá que hacerlo bien, sobre todo cuando te mientas a ti misma, por eso, voy a escribir todas las razones existentes por las que una persona inteligente no necesita ir al gimnasio:
A saber, el gimnasio es vulgar, grosero: cada vez más barato (unos 37 euros al mes tarifa plana) y accesible a la borregada…nos lo ponen demasiado fácil_el mío está tan cerca de mi portal,  unos 37 metros,  que he perdido todo interés y respeto por él ¿Será un caso de donjuanismo deportivo o narcisismo ocupacional?
Todas las tontas van al gimnasio, o al menos el tipo de tontas que más tontainas me parecen…las mismas que compran revistas de moda por placer….y salen con hombres muchísimo más tontos que ellas porque les parecen guapos.
El abuso del gimnasio va contra el patrimonio moral de este país de bajitos contrahechos, estar demasiado buena es indeseable con vistas a preservar el orden y la unidad de una familia de bien.
Ah…el gimnasio… lugar de culto en los 70 donde bailarines y artistas y hasta intelectuales se solazaban con el mens sana in corpore sano, elitista y exclusivo en los 90 de American Psyco y Calvin Klein…y símbolo de la peor canalla en la década de los 10….Mañana volveré con la levedad de un corderito, antes de alcanzar la densidad de una vaca…
Mi exmarido me devuelve a los niños y me vuelve a presentar a su atusada novia (¿piensa hacerlo 37 veces?) y yo vuelvo a entrar en la escena como las brujas de Zagarramundi y todo para bloquear mi cólera ante la pérdida de la maleta de mis hijos en algún taxi….