miércoles, septiembre 04, 2013

Creepy as Hell



5 niños prodigio guitarristas coreanos bien valen por un niño prodigio mexicano torero.

Como si fueran lunáticos, evito la compañía de las personas excesivamente cautelosas. Si el mundo estuviera poblado por ellos, no existiría el genio, la inspiración, no habría amor. Se dice que la infancia es la patria del hombre:  ¡regresemos!. Y así,  amenizados, por las formas más burguesas de pataleta, por el “discreto encanto” de nuestros ridículos desajustes cotidianos, olvidaremos la muerte, el verdadero adiós, el desamor, la enfermedad, el dolor físico, la insignificancia, el declive que pronto vamos a experimentar.

Los niños viven en un estado de consciencia plena que envidio y admiro e intento replicar; atentos a lo que pasa, cada segundo, reaccionan con una naturalísima asertividad. Son pequeños psicópatas, creativos, divertidísimos, capaces de agredirte por una piruleta,  dispuestos a entregarte impúdicamente todo su amor si les gusta tu pelo o como hueles. Los niños te abrazan con los brazos y las piernas. Los niños reconocen a la gente que vale. Ellos saben quién tiene swing…

Cuando se acaba la infancia, entramos en la cinta en movimiento del aeropuerto, como maletas, donde moverse  no cambiara en nada la trayectoria ni el destino. Las preocupaciones y pavores por el futuro, la inquietud, el temor a la catástrofe son miedos fundados, realistas. Los males existen y todos nos van a ocurrir, uno por uno, sin remedio. Hay tiempo y espacio suficientes en la vida, para que las permutaciones de la fatalidad se ceben contigo, con la gente que amas y con cada uno de tus vecinos.

Así las cosas,  la seriedad y la prudencia son ridículas e inadecuadas. La madurez es una chapuza, un módico parche que conduce a la amargura. Se nos educa para contener el sentimiento y evitar su exteriorización, habrá que dominarla y almacenarla para utilizarla más tarde de manera sintética: hay que fingir alegría, ocultar el enfado, omitir el deseo, la rabia, el hambre, hay que esconder la agresividad. La madurez produce ansiedad, neurosis e incluso cáncer. Algo peor: la madurez te afea.

Los sentimientos humanos tan devaluados por la religión y la psicología del s.XX, nuestras pequeñas o lorquianas miserias son lo único que nos hace Hombres. Contemporizar es empezar a morir, perdonar es querer poco. Necesitamos no ser tan condescendientemente tolerados, para espabilar.

Vivamos con alegría nuestro melodrama de poca monta en el cosmos, pero con gran propagación en nuestro barrio, entre amigos, entre  títulos, másters, idiomas, bolsos de marca, complejos judeocristianos, pequeñas pasiones progresistas mal hilvanadas, viajes, y dolientes relaciones sentimentales donde nadie conoce bien las llagas de los demás, aunque se intuyan cubiertas por variadísimos modelos de Inditex.

¡Adelante!, no actúes como si fueses a existir 10.000 años; huye de tu intrascendencia. Tanto cuidado, dadas las circunstancias, es de una ingenuidad soporífera. ¡No vivas de rodillas!, disfruta cada segundo del “monstruo” que hay en ti, lo único que en ti es Hombre.


No hay comentarios: